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lunes, marzo 01, 2010

Evangelio

Buen día baterilleros y lectores de energicentro. Pues aquí al final del mes bruno, como alguna vez le dijo Neruda a febrero.

De niño me gustaba la playa... mucho más que ahora. Desde mi casa, iba caminando por la quebrada de Armendariz y llegaba hasta Las Cascadas... me atraía esa zona, ubicada junto a un espigón formado de grandes y filudas piedras. No estaba el local del restaurante Costa Verde ni ninguna de las construcciones que ahora tiene la playa barranquina.

Eran tiempos de la costa verde, debido a que los acantilados que van desde Barranco hasta Chorrillos, estaban cubiertos de verde vegetación. Además, se podía disfrutar del frescor de los chorrillos de agua que el acantilado prodigaba como filtración natural. Uno salía del mar y se iba a sacar la arena y lo salino del agua marina con el refrescante chorrillo... esa agua hasta se tomaba directamente de la caída y no te hacía daño.

A cada verano que regresaba a la playa, siempre después del mar, al agua de los chorros. Un año, al llegar, a Las Cascadas, pues ya no estaban los chorrillos, habían desaparecido. Hoy la costa, no es tan verde. Solo queda el nombre. Los acantilados desde Barranco hasta Chorrillos, exhiben su amarronado color.

¿Que se hizo del agua de filtración?

Cuando de niño llegaba a la playa, veía las edificaciones de Lima. En este tiempo no abundaban las construcciones altas. No había la bruma de ahora y con claridad, distinguía una cúpula verde que destacaba sobre todo el horizonte... yo me preguntaba: ¿Que será esa cúpula verde?

En otro tiempo  fui de paseo al Parque de las Leyendas y desde el sector llamado La Sierra, se podía divisar el horizonte de casas de Lima y sobre el paisaje, destacaba la cúpula verde. Nuevamente, me decía: ¿Que será esa construcción, que se parece a las cúpulas de los docuementales que alguna vez vi, sobre la Plaza Roja de Moscú?

Y así fueron pasando los años. Sin conocer esa construcción de la verde cúpula.

Una tarde, ya de mayor. Me fui a la libreria de María Auxiliadora, que está en la primera cuadra de la Av. Brasil. En el segundo piso de la librería, se podían asquiririr textos de ingeniería y también de catecismo. Compré un libro folleto, con la biografía de Gandhi. El padrecito que atendía en la librería, me envolvió el libro y salí.

Decido caminar por la Brasil. Abrí el paquete, el texto, venía acompañado de una estampita. Era el presente del sacerdote... caminaba e iba leyendo el librito... sabía que no era muy práctico, el caminar e ir haciendo lectura. Llevaba ya varias cuadras. Alzé la mirada y vi hacia la derecha... me encontré con la cúpula verde... estaba a solo unas tres cuadras de ella. La cúpula, era la cima de una inmensa iglesia... pues para allá me fui... después de más de treinta años de haberla visto desde diversas esquinas de Lima, tenía ahora la oportunidad de visitarla.



Mientras caminaba hacia la iglesia, pensaba en mis idas a la playa. Recordaba también mi reciente lectura sobre Ghandi... había quedado impresionado, por la larga caminata que emprendió el líder hindú a travéz de su país continente y dirigirse hacia la playa, para recoger un montoncito de sal. Hecho este, que como rito, simbolizaba la decisión de un pueblo de liberarse del opresor inglés.

Al llegar a la puerta de la iglesia, vi a un mendigo. Estaba como franqueando el ingreso. Parado con un grueso palo, una taza como pocillo de tomar te y calzando un casco de soldado hecho en plástico... me asusté de la agresividad con que me miraba... ingresé a la iglesia, apurando el paso y alejándome lo más posible de él.

Ya adentro, contemplé la magificencia de la iglesia. Tenía el techo bastante alto. Las paredes abundaban en frisos y adornos en color dorado. Me ubiqué en una de las bancas... estaba solo en el recinto. Cuando de pronto, detrás mio, una voz me preguntó: "Hermano ¿Dónde está a imagen de san Ildefonso?"

Volteo y me veo frente a frente, con el tipo del casco, del palo y del pocillo. Me aterré y de mala manera le respondí: Creo está por allá, mientras señalaba con la mano una dirección.

Miré adonde se dirigía él... debo confesar, que yo seguía con miedo. Veo que el tipo se dirige a la imagen de San Martín de Porres, ubicada a la entrada de la iglesia. Al estar delante de la imagen, se persigna con devoción, inclina todo su cuerpo y luego del pocillo, saca las monedas que allí tenía. Una a una, las va poniendo en la alcancilla de la imagen y luego se retira... ese "loco", mendigaba a favor de Dios.

Yo me sentí mejor, después de haber leído a Gandhi, pero he aquí que un prójimo, me enseñó Evangelio.

Amigos, este no es un blog confesional, es de energía y baterías, pero de seguro que le visitan católicos o miembros de otros credos. Quizás también, lectores sin creencia alguna... a todos, bendiciones, que cualquiera sea su creer, estas son siempre inofensivas.

Saludos

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